= Los 10 segundos =


El 26 de agosto de 2026, a las 3:33 p.m., el peso del mundo desapareció. Guillermo caminaba por la calle Tacuba, en el corazón de la Ciudad de México, con una taza de café humeante y la mirada fija en el Palacio de Bellas Artes; tenía que cruzar a paso apresurado el parque de la Alameda para llegar a su trabajo, cuando de pronto la suela de sus zapatos dejó de sentir el concreto.

No hubo advertencia, ni ruido, ni señal de algún tipo, solo un extraño silencio se apoderó del ambiente, una desconexión total con la tierra.

10 segundos de incertidumbre

Segundo 1: La gravedad simplemente se detuvo; Guillermo se elevó cinco centímetros; su café flotó fuera de la taza, formando unas pequeñas esferas de líquido caliente marrón que se movían como planetas oscuros frente a su rostro. A su alrededor, turistas, vendedores y oficinistas gritaban desesperadamente al perder el equilibrio.

Segundo 2: El caos inercial comenzó. Los autos que circulaban por el eje central, al perder la fricción de sus neumáticos, siguieron la dirección de su última fuerza motriz. Un microbús se elevó ligeramente y comenzó a girar sobre su propio eje; a la par, dos taxis hacían lo mismo, impactándose en un semáforo que ya no sostenía nada. Botes de basura, comida y mercancías de los vendedores ambulantes se elevaron lentamente, creando un ballet surrealista que se suspendía en el aire.

Segundo 3: Para el segundo tres, el aire se había convertido en un mar de escombros y la basura de la ciudad se convirtió en proyectiles; puestos de tacos y motocicletas de reparto flotaban en una danza macabra. A lo lejos se escuchaban los motores de los autos que hacían girar inútilmente sus llantas; los conductores gritaban aterrados desde sus asientos.

Segundo 4: Guillermo intentó sujetarse de un poste, pero sus dedos solo rozaron el metal frío mientras su cuerpo ascendía sin rumbo hacia el cielo azul, desorientado y girando sin control. A lo lejos, las palomas de los árboles del Parque de la Alameda se encontraban nadando en el aire, moviendo sus alas inservibles en un mundo sin peso.

Segundo 5: El pánico era absoluto. Los gritos de la gente se ahogaban por la desorientación sensorial. Una bandera que izaba en los edificios se enrolló en sí misma en el aire como un gigante de tela sin peso. El agua de las fuentes se fragmentó en millones de esferas que brillaban como diamantes con la luz del sol y golpeaban a la gente y objetos que se encontraban a su paso.

Segundo 6: Para este momento, Guillermo flotaba ya a 2 metros del suelo, cuando su instinto de supervivencia se activó y, por reflejos, sacó su teléfono de la bolsa del pantalón e intentó grabar a su alrededor la escena tétrica que se manifestaba ante sus ojos.

Segundo 7: Los edificios crujían y, aunque los cimientos estaban enterrados, el mobiliario interno —escritorios, computadoras, comas, archivos, comas, sillas, etcétera— golpeaba los techos. Guillermo vio a un perro callejero flotar a su lado; el pobre animal sacaba la lengua y chillaba de miedo, a la par que movía sus patas frenéticamente en el vacío buscando un apoyo inexistente.

Segundo 8: La altitud de Guillermo había alcanzado los tres metros de altura. Con el corazón acelerado, miraba aterrorizado hacia el cielo y hacia el piso. En su cabeza pasaba la idea de caer o seguir subiendo hacia el cielo infinito.

Segundo 9: Una ambulancia volcada flotaba hacia el edificio de Bellas Artes con paramédicos y pacientes gritando dentro; un pequeño niño había sido separado de su madre y flotaba llorando hacia los cables de luz. Estos últimos segundos fueron los más largos en la vida de Guillermo, que intentó impulsarse contra una pared flotante para alcanzar al niño.

Segundo 10: Justo en el segundo 10, el tiempo se detuvo en una quietud aterradora; Guillermo logró sujetar al niño y tomarlo de la mano cuando la gravedad regresó. Un estruendo ensordecedor se escuchó cuando todo lo que había flotado se estrelló simultáneamente contra el suelo: autos, personas, escombros, agua. Guillermo cayó logrando proteger al niño, pero golpeando con uno de sus hombros, el cual se dislocó al golpear los adoquines de la calle.

El impacto: los segundos después

La caída fue brutal. Guillermo golpeó el pavimento con el hombro y el dolor era insoportable. El silencio se apoderó de un sonido ensordecedor con una violencia apabullante: vidrios estallando, el metal de los autos chocando en el pavimento y el impacto de los cuerpos contra el suelo fue un sonido que Guillermo nunca olvidaría.

La Explanada del Palacio de Bellas Artes era un cementerio de objetos rotos; había vehículos encima de otros, aplastándose mutuamente. La taza de café de Guillermo yacía en el suelo y se mezclaba con la sangre de quienes no tuvieron la suerte de caer sobre sus pies por una posición segura.

Las sirenas se pusieron en marcha de inmediato, con un saldo inicial de 847 heridos únicamente en la zona central de la Ciudad de México, un total de 50 fallecimientos en toda la ciudad. Los hospitales estaban saturados, los dos aeropuertos estaban cerrados tras el choque de varios aviones que habían quedado sin sustento temporalmente.

El día siguiente

Guillermo despertó en un hospital general con el brazo en cabestrillo; el video que había grabado se había subido automáticamente a la nube durante el evento y tenía miles de visitas. En las redes sociales, México era tendencia mundial. Los noticieros de todo el mundo tenían los ojos en México. Ya que el evento solo había sucedido en la Ciudad de México.

Guillermo se dio cuenta de que la Ciudad de México estaba colapsada totalmente; todo estaba devastado. Parecía como si hubiera habido un terremoto de grandes dimensiones; incendios y nubes de polvo y humo acompañaban las sirenas a lo largo de la ciudad. Los hospitales estaban colapsados; Guillermo salió del hospital como pudo y caminó por las calles que se encontraban acordonadas. La gente estaba en shock; seguía mirando hacia el cielo, con un terror que se mostraba en sus rostros, provocado por el miedo a que el cielo los volviera a succionar.

Una semana después: teorías conspirativas y el ingenio mexicano

Las teorías conspirativas no se dejaron esperar; por toda la internet, la ciencia no tenía respuestas, muchos decían que había sido una fluctuación cuántica global, un hipo del universo, un experimento militar, un castigo de los antiguos dioses, una anomalía gravitacional, un ataque extraterrestre, etc. El gobierno declaró estado de emergencia. La gente tenía miedo de salir.

En la televisión, los científicos eran los famosos del momento, y investigaciones por parte de físicos de la UNAM y repasar mil veces los datos sísmicos, se descubrió que el fenómeno había sido exactamente local, afectando solo un radio de unos 50 km desde el Zócalo.

La economía de la ciudad estaba en ruinas, pero la arquitectura social había cambiado y el ingenio mexicano, que siempre surge en estos momentos difíciles, hizo su aparición. Se pusieron de moda las «correas de vida»: cables de acero que la gente anclaba a sus cinturones y a los cimientos de sus casas. Nadie caminaba por la calle sin sujetarse de algo. La gente prefería estar en el metro; surgieron los «zapatos aplomados»: suelas pesadas o con pedazos de fierro que le daban cierta “seguridad” a las personas al caminar al aire libre. En el Zócalo y espacios públicos amplios: el gobierno comenzó a instalar reales de seguridad en todas las aceras; el trauma era colectivo, el insomnio era la nueva norma. Los 10 segundos se habían roto algo fundamental en la psique colectiva; algunos desarrollaron agorafobia extrema.

Cambio en la psique de la población

Pero no todo era negativo; muchas personas con Guillermo sintieron una extraña liberación, como si hubieran probado lo que era estar verdaderamente libres de las ataduras terrestres. Surgieron cultos religiosos que interpretaron el evento como una señal divina; se les hacía llamar «los flotantes» y se reunían en el Zócalo cada miércoles a las 3:33 p.m. esperando a que se repitiera «el milagro».

1 año después

Guillermo publicó su primer libro, «10 segundos», donde reflejaba todo lo que había cambiado en él desde ese día. Documentó todo el evento de primera mano, apoyado en su material videográfico, y exploraba el evento con breves reflexiones en cada uno de los 10 segundos y esos breves momentos que habían alterado la percepción de la realidad de millones de personas.

Guillermo se hizo famoso tras la publicación de su libro; había dado entrevistas en la televisión y dado conferencias en todo el mundo narrando su experiencia vivida. Fue coautor de un libro científico llamado «Gravedad cero: Crónica de una anomalía».

El evento nunca se repitió y nunca se encontró una explicación científica satisfactoria, pero sus consecuencias perduraron en la psique de la población de la Ciudad de México. Se habían reconstruido con nuevas normas de seguridad; los edificios tenían sistemas de anclaje especiales y los parques contaban con redes de protección.

Muchos años después

20 años más tarde, Guillermo observaba a sus nietos jugar en los parques de la Ciudad de México que era irreconocible. La arquitectura ahora es pesada, los edificios diseñados para engancharse al suelo con garras hidráulicas, y la humanidad vive con una fobia ancestral al cielo abierto.

Aquel evento conocido como «La gran levedad» cambió la religión y la física. Existen templos dedicados a la Tierra donde se agradece cada segundo de peso.

Guillermo aún sueña con ese día y la extraña sensación de libertad que vivió durante esos 10 segundos, entre una mezcla de terror puro y la única vez que el ser humano fue verdaderamente ligero como un suspiro.

Más importante aún, una generación entera había crecido sabiendo que las leyes de la física podían fallar, provocando una explosión de creatividad científica y artística. Muchos de los niños que habían vivido el evento se convirtieron en físicos e ingenieros y artistas más innovadores del mundo. En la UNAM se fundó el Instituto de Anomalías Gravitacionales, único en el mundo, que era centro de científicos de todo el mundo que seguían investigando el suceso.

Guillermo seguía visitando el Zócalo y la Alameda cada 26 de agosto, no para esperar que se repitiera el fenómeno, sino para recordar que en 10 segundos el mundo puede cambiar para siempre. En su oficina conservaba una foto de ese día de él flotando en el aire, sosteniendo un niño con el Palacio de Bellas Artes de fondo y miles de objetos suspendidos como estrellas terrestres.

Para Guillermo, ese momento fue en el que aprendió que la gravedad no solo mantiene nuestros pies en el suelo, sino que define quiénes somos cuando lo perdemos. El misterio nunca se resolvió, pero Guillermo llegó a la conclusión de que no importaba el porqué, sino lo que esos 10 segundos habían enseñado a la humanidad: que incluso las leyes fundamentales del universo podrían ser temporales y que en esa fragilidad encontramos nuestra verdadera fortaleza.

En su libro, Guillermo cierra con una frase que dice:

«Las cosas simples pueden volverse profundas en un instante.»

Fecha: 11-03-2026 / 03:33
Ilustración: Generada por Gemini AI
Autor: Guillermo Camarena ∴

= Acerca del autor =

De día soy Maestro en Redes y Telecomunicaciones, Ingeniero en Sistemas Computacionales y Desarrollador Frontend e Investigador de Fenómenos Forteanos por la noche. 🧑🏻‍💻👾👽🛸
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