Fecha: 1915
Hora: Noche
Testigos: Dos testigos anónimos
Ubicación: Jicotea, Las Villas, Cuba
Fuente: Albert S. Rosales, HC adicional n.° 2082
Dos guardias que patrullaban a caballo el borde de un cañaveral cuando, llegando a una curva, cuando sus monturas se detuvieron de golpe y comenzaron a reaccionar de forma bastante alarmada, resoplando y relinchando como si estuvieran en pánico. Los hombres intentaron calmar a los animales, y al hacerlo, lograron divisar algo más adelante en el camino; los hombres notaron lo que parecía ser un pequeño saco blanco, similar a un “bulto” cerca del sendero de terracería. Ambos hombres tuvieron la impresión de que, fuera lo que fuese, era algo “viviente”.

Algo en ese bulto alarmaba a los caballos, así que decidieron investigar. Sin embargo, al acercarse más al extraño objeto; los hombres retrocedieron de golpe cuando este comenzó a moverse de forma similar a un gusano o una oruga; arrastrándose hacia ellos y los caballos. Uno de los guardias sacó un revólver y abrió fuego contra el bulto.
Lo escalofriante es que, como si se tratara de una mala película de ciencia ficción, el bulto pareció hincharse y crecer de tamaño con cada disparo que recibía; llegando a medir tanto como los caballos que continuaban debatiéndose detrás de sus jinetes. Los guardias intentaron subir y cabalgar de vuelta a la casa principal de la plantación para dar alerta de lo que ocurría; pero los caballos, ya sea por terror o algo más, sencillamente se quedaron congelados y con los ojos fijos en el bulto.
El bulto comenzó a acercarse a los aterrorizados caballos. Uno de los hombres, armado con una pistola, disparó varias veces contra el objeto. Ambos hombres se asombraron al ver que el “bulto” parecía agrandarse con cada disparo.
Temiendo lo peor, los guardias optaron por abandonar a los caballos y echar a correr. Una vez de vuelta en la oficina de la plantación, discutieron por horas y llamaron a la policía; la cual por las condiciones precarias de la campiña cubana, llegó al amanecer. Ya acompañados por oficiales armados, los guardias volvieron al punto del camino donde la noche anterior habían divisado a tan espantosa aparición; imaginando que la hallarían ahí junto a los pobres caballos.
Sus miedos resultaron pobremente infundados, pues solo encontraron a los caballos sanos y salvos, pastando a un costado del camino y ningún rastro del extraño ser en forma de costal. Revisiones posteriores por parte de veterinarios revelaron que los caballos no habían sufrido daño alguno, y que lo único que podía apoyar la historia de los guardias; era un ligero rastro de tierra removida en el camino; como la que dejaría alguien al arrastrar algo por ella. Del monstruo de la caña de azúcar, no se volvió a saber jamás.
Fuente: Albert S. Rosales, HC adicional n.° 2082