Guillermo vivía en una clásica vecindad en la delegación de Iztapalapa de la Ciudad de México; como muchas personas más que se dedicaban al oficio de la construcción, buscaba trabajo para salir adelante. Tenía experiencia en la construcción, ya que su padre y su abuelo le heredaron el oficio desde pequeño.
Una mañana Guillermo despertó prendió su televisor y se encontró con la noticia de que en la Ciudad de México se estaba construyendo el primer rascacielos de la historia del país, una gran empresa que requeriría una gran cantidad de mano de obra. El edificio en cuestión tendría la altura de 102 pisos, y marcaría un hito en la historia de la construcción del país.
Aquel nuevo edificio proyectado tendría el nombre de torre «Tepeyóllotl», en honor al dios azteca principal asociado con la altura, específicamente con las montañas, los ecos y los temblores. Debido a los retrasos por diversos factores las empresas encargadas de la construcción solicitaban mano de obra extra para tiempos extra por la noche, por lo cual Guillermo vio una oportunidad para poder obtener un empleo; no lo pensó dos veces y decidió ir ese mismo día a solicitar un lugar para trabajar. Al llegar al lugar se sorprendió al ver el amplio terreno que ocuparía dicho edificio, de la magnitud y el esfuerzo que requeriría así como el tiempo para completar dicho proyecto. La obra ya había comenzado meses antes y estaban terminando los cimientos principales de la base que sostendrían la gran mole llamada Tepeyóllotl.
Paso más de mediodía entre filas exámenes y papeleo para obtener una oportunidad en la obra; finalmente, a eso de las 7 de la tarde ya tenía el trabajo asegurado el cual comenzaría al siguiente día por la noche, por lo cual decidió regresar a su casa a descansar y preparar todo lo necesario para el día siguiente.
La chamba del siglo
A la noche siguiente Guillermo llegó muy entusiasmado se ajustó el casco amarillo y miró hacia arriba. Tenía 38 años, manos agrietadas como tierra seca y 20 de esos años metidos entre varilla, cemento y colados. Pero nunca había visto una obra así.
Era 2030 y la Torre Tepeyóllotl, un rascacielos de 120 pisos en Reforma, iba a ser el nuevo ícono de la Ciudad de México. Cristal, acero y un diseño que desafiaba la gravedad. El ingeniero decía que sería “antisísmica como ninguna”. Para Guillermo, era la chamba del siglo. Paga doble, bonos por avance y la promesa de salir de la vecindad de Iztapalapa si le aguantaba los 18 meses de obra.
Su cuadrilla se componía de: El Güero, El Mapache, Don Chuy y el más joven, Toñito, de 19 años. Toñito era chambeador y bien portado. Quería juntar para casarse. Guillermo le tomó cariño rápido. Le recordaba a su hijo.
El rumor llegó en la tercera semana curiosamente en el mes de junio. Lo susurró Don Chuy mientras amarraban acero en el sótano -4: “Dicen que esta madre no se va a sostener sin un alma en las columnas principales”. Guillermo se rio. “Son chismes de velador, don. Ya sabe cómo es la raza”. Pero don Chuy no se rio. Solo miró las columnas de 2 metros de ancho, aún sin colar. “Mi abuelo trabajó en el Estadio Azteca. Decía lo mismo. Y ese estadio nunca se ha caído”.
La noche del colado
El colado de la columna Eje-7 era distinto. Lo programaron para la madrugada de un martes 23 de junio a las 3:33 a.m. “Para que fragüe mejor, sin sol ni tráfico”, dijo el cabo. Solo la cuadrilla de confianza. Paga triple.
Guillermo notó cosas raras: los ingenieros no estaban. Solo el cabo, dos guaruras que nunca había visto y el patrón, el arquitecto Sotomayor, con su traje impecable a las 2 de la mañana. Eso no cuadraba.
Faltaba Toñito. “Se fue temprano, andaba crudo”, dijo El Mapache, pero no miraba a los ojos.
Empezaron a bombear el concreto. Toneladas de concreto de alta resistencia cayendo en la cimbra de 15 metros. Cuando la columna iba a la mitad, el arquitecto Sotomayor hizo una seña. Los guaruras se metieron a la bodega y sacaron a Toñito. Amarrado, amordazado, los ojos desorbitados de terror.
Guillermo soltó la pala. “¡¿Qué chingados hacen?!” El cabo lo paró en seco con una pistola. “Cállate, Guillermo. Esto es así. Desde siempre. Una vida por miles de vidas. Si esta madre se cae en un temblor, mueren cientos. Toñito va a ser el guardián. El edificio va a durar 200 años”.
Toñito lo miró. No gritó por la mordaza, pero sus ojos decían: “Maestro, ayúdeme”. Guillermo quiso lanzarse, pero El Güero y El Mapache lo sujetaron. “No la cagues, Memo. Piensa en tu familia. Si hablas, acabamos todos en una de estas”, le susurró El Güero, llorando.
Lo aventaron dentro de la columna. El concreto lo tragó en segundos. El silencio después del borboteo del concreto fue lo peor. Siguieron colando como si nada. El arquitecto Sotomayor solo dijo: “Mañana nadie faltó. Toñito se fue al norte. ¿Entendido?”. Todos asintieron hasta Guillermo.
El guardián de Tepeyóllotl
La obra terminó en tiempo récord. La Torre Tepeyóllotl se inauguró con el presidente, luces y prensa. “La torre más segura de Latinoamérica”, decían.
Guillermo cobró su liquidación y no volvió a agarrar una cuchara. No podía. Cada pared de concreto le recordaba el sonido de Toñito hundiéndose.
Intentó denunciar, pero ¿a quién? ¿Con qué pruebas? Era su palabra contra Sotomayor, los políticos y millones de dólares. Don Chuy apareció “atropellado” tres meses después. El Mapache se alcoholizó hasta morir. El Güero se fue del país.
Tres años después, el 19 de septiembre de 2033 a las 3:33 a.m., tembló. 8.6 grados. La ciudad se sacudió horrible. Edificios cayeron en la Roma y la Condesa. Pero la Torre Tepeyóllotl ni se despeinó. En la tele, Sotomayor declaraba: “Lo ven, ingeniería mexicana de primer mundo”.
Esa noche Guillermo fue a Reforma. Miró la torre, intacta, iluminada, soberbia. Apoyó la mano en la base de la columna Eje-7. Estaba tibia. Juraría que escuchó un latido lento, muy lento, viniendo de adentro del concreto.
Se fue caminando. No volvió a pasar por ahí. Algunos dicen que renunció a la construcción y ahora pone altares en las obras. Altares con veladoras y fotos de Toñito, para que ningún otro “guardián” tenga que sostener un edificio. Para que las obras se sostengan con varilla y cálculo, no con sangre.
En la Torre Tepeyóllotl nunca hubo fallas estructurales. Pero los veladores del turno de noche dicen que a veces, a las 3:33 a.m., se oye a alguien llorando dentro de las paredes. Y la columna Eje-7 siempre está tibia, aunque el aire acondicionado esté a todo.
Otros dicen que cada 23 de junio por la madrugada en la noche de San Juan, realizan extraños rituales en los sótanos del rascacielos; no se sabe si es una leyenda urbana más o si realmente llevan a cabo dichos actos para hacer honor al sacrificio dado por Toñito durante la construcción.
Fecha: 22-04-2026 / 03:33
Ilustración: Generada por Gemini AI
Autor: G∴ C∴
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