¿Existe vida en el centro de la Tierra? ¿Es verídico el viaje de Julio Verne? ¿Podremos experimentarlo? Circulan diversas teorías al respecto. Se relata que mineros se han encontrado, repentinamente, cara a cara con extraños seres provenientes de las entrañas del planeta. Asimismo, arqueólogos y exploradores han desaparecido misteriosamente sin dejar rastro durante incursiones en cuevas y túneles de cordilleras y montañas.
Sin embargo, un caso ocurrido en España despejó, sin lugar a dudas, parte de la incógnita que rodea a los habitantes de la Tierra Hueca y a quienes coexisten con nosotros en este planeta. Estas historias, cuya autenticidad se presenta como absoluta, invitan a reflexionar sobre el verdadero significado de la célebre frase: “Como es arriba, es abajo”.
El caso de los “niños verdes” en Banjos, España (1887)

En España, durante el mes de agosto de 1887, en el poblado de Banjos, eran las cinco de la tarde. Unos campesinos que cultivaban parcelas cercanas a una cadena montañosa vieron salir de una gruta a un niño y una niña. Vestían de manera sumamente extraña para una tarde de verano, pero lo que más llamó la atención de los granjeros no fue su indumentaria, sino el color de su piel: verde como las hojas de un árbol en primavera.
Asombrados ante tal aparición, dos campesinos se acercaron para intentar entablar conversación, pero fue inútil; los niños hablaban un idioma desconocido. La noticia se propagó por el poblado como un reguero de pólvora. Médicos y químicos de Barcelona acudieron al pequeño pueblo para estudiar el caso. La constitución orgánica de las criaturas difería de la humana: carecían de páncreas y poseían un solo pulmón, de mayor tamaño que el humano. El análisis químico de sus vestimentas reveló fibras desconocidas en nuestro planeta.
Los niños, que requerían cuidados, fueron entregados al Juez de Paz, don Ricardo de Calvo. Una vez alojados en su hogar, se les sometió a un baño profundo para intentar eliminar el color verde de su piel, pero fue inútil; la pigmentación era inmutable. Sus rasgos faciales se asemejaban a los de la raza negra, pero sus ojos, de corte netamente oriental, eran celestes y en forma de almendra. Eran rostros que ofrecían un crisol de razas.
Intentaron alimentarlos con comida terrestre, pero rechazaron esos alimentos, especialmente la carne y sus derivados, mostrando una repugnancia manifiesta hacia cualquier tipo de proteína. Tras una semana de esfuerzo para ofrecerles alimentos adecuados, se les sirvió un plato de judías verdes y otro de guisantes; solo entonces aceptaron comer. No obstante, el niño, más débil y de menor fortaleza física que la niña, falleció; su hermana lo sobrevivió.
La niña, que paulatinamente se acostumbró a la comida común, fue perdiendo su color verde y adquiriendo lentamente el tono de la raza blanca. Sus rasgos fisonómicos permanecieron inalterables. Aprendió gradualmente el español y quedó como criada en la casa del juez de paz. Una vez que pudo comunicarse, fue interrogada y narró una historia que, aunque parecía de ciencia ficción, era auténtica y verídica: provenía de un país subterráneo sin sol, donde vivían en un crepúsculo permanente. Poseían esferas solares artificiales que iluminaban su territorio y permitían el crecimiento de las plantas. Su país estaba separado del nuestro por un ancho y caudaloso río. Dos días antes de ser encontrados, un cataclismo y un maremoto inundaron su territorio; ella y su hermano lograron escapar por una cueva cercana al río desbordado, la cual evidenciaba ser la vía de comunicación entre el mundo subterráneo y el exterior.
Se tejieron miles de historias y conjeturas en torno a los niños verdes; sin embargo, el siglo XIX no estaba preparado para aceptar como realidad algo que hoy parece casi tangible: la existencia de seres en el centro de la Tierra.
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Como se mencionó al principio, circulan diversas historias sobre habitantes subterráneos. Además de la experiencia vivida en Banjos en agosto de 1887, existe otra más reciente, ocurrida en septiembre de 1970, en la provincia de La Rioja, República Argentina.
El caso de la Exploración del Cerro del Rosario, La Rioja, Argentina (1970)

La Cordillera de los Andes corre por el límite oeste de Argentina, con picos que superan los 4.000 metros. La provincia de La Rioja se ubica en la franja noroeste de la cordillera; antes de alcanzarla propiamente dicha, existe una región montañosa denominada Precordillera.
Durante 1970, un sacerdote jesuita argentino concibió la idea de llevar a cabo una experiencia de vida comunitaria cristiana. Expuso su propuesta a los fieles de su parroquia y un grupo de familias, junto con jóvenes de ambos sexos, aceptaron con entusiasmo. Decidieron poner en práctica lo que antes solo era fantasía en la mente de un joven y renovador sacerdote, profundamente cristiano, cuyo nombre se revelará más adelante por razones justificadas en el relato.
Guillermo, así se llamaba el sacerdote, obtuvo de una familia amiga un extenso predio cerca de la Precordillera, a la altura del Cerro del Rosario. Inicialmente partieron cinco familias, un médico y un arquitecto, junto con el padre Guillermo. Comenzaron a construir sus casas, dando inicio a una experiencia que designaron como “Comunidad Cristiana”, una aventura destinada a despejar una de las innumerables incógnitas sobre el mundo subterráneo.
En septiembre de 1970, los escasos pobladores de la Comunidad Cristiana estaban prácticamente instalados cuando, en la noche del 23 de septiembre, ocurrió algo que, si bien comenzó como un evento terrestre, derivó en una experiencia alarmante y fuera de los límites de nuestro planeta.
Esa noche, el padre Guillermo, el médico y el arquitecto cenaban en la casa del médico. Eran las dos de la madrugada y conversaban sobre los futuros planes de urbanización del poblado; las horas pasaban volando y el café se agotaba cuando, de pronto, alguien golpeó débil pero insistentemente la puerta. El médico se levantó a abrir y se encontró con un hombre que presentaba síntomas de infarto y oclusión laríngea; con voz ronca pero segura, pidió auxilio. Fue atendido y reanimado por el médico y sus invitados. Una vez recuperado, relató lo siguiente:
Aquel día 23 de septiembre, alrededor de las seis de la tarde, estaba arriando sus cabras, que había llevado a pastorear por la ladera del Cerro del Rosario. Apenas comenzó su tarea, un viento empezó a soplar, convirtiéndose rápidamente en ráfagas ciclónicas. El temporal no amainaba; cansado de esperar, comenzó a recorrer la cueva donde se había refugiado. Llamó su atención una serie de peldaños tallados en la piedra que descendían hacia las entrañas de la montaña. Pensando que se trataba de una mina abandonada, y ante la imposibilidad de salir debido a la intensidad del temporal, comenzó a bajar los escalones en forma de caracol.
Llamó su atención que, en lugar de intensificarse la oscuridad, una tenue luz anaranjada iluminaba su camino; la temperatura aumentaba, convirtiendo el ambiente en un lugar cálido. Contó trescientos sesenta escalones y, al llegar al final, su asombro no tuvo límites: ante sus ojos apareció una ciudad perfectamente conformada, con un sistema edilicio desconocido en la superficie. Edificios brillantes, como de aluminio o acero, terminaban en cúpulas que recordaban mezquitas orientales o lamaserías del Tíbet. Calles cuyo firme parecía ser de acrílico transparente, bajo el cual corrían hilos de agua de variados colores; vehículos que no circulaban por la calle, sino que se desplazaban silenciosos, flotando a tres o cuatro metros de altura.
Pero lo que más asombró al arriero fueron los habitantes del lugar: seres cuya estatura superaba la de un humano normal, alcanzando dos metros y medio. Vestían túnicas blancas las mujeres y negras los hombres. Estos seres no prestaron atención alguna al arriero. Él comenzó a caminar en línea recta por la calle de acrílico, cuya iluminación provino de esferas del tamaño de una pelota de fútbol número cinco; eran incandescentes, flotaban en el espacio y daban una tonalidad naranja al ambiente sin irradiar calor ni frío. El arriero cruzó ese mundo subterráneo de lado a lado, siguiendo la extraña calle de acrílico, sin atreverse a internarse por las calles laterales. Al llegar al final, encontró otra escalera en caracol, idéntica a la que utilizó para descender.
Prácticamente aterrorizado, comenzó a ascender; casi desfallecido por el esfuerzo de subir trescientos sesenta escalones, salió a la superficie, pero apareció por la cara opuesta del Cerro del Rosario. Una vez repuesto de la aventura, divisó el poblado de la “Comunidad Cristiana” hacia el cual se dirigió en busca de ayuda; al descubrir el cartel de “médico” en la puerta, no vaciló en llamar.
Dudando de la veracidad de la historia, el padre Guillermo y el médico le pidieron que les indicara el lugar exacto por el cual había ascendido para investigar in situ. Al día siguiente, partieron ambos. Encontraron el lugar y la escalera en caracol; bajaron. El médico se adentró en aquel poblado enclavado en las entrañas de la tierra, mientras Guillermo permaneció al pie de la escalera, anonadado. Regresaron en silencio; no había palabras para describir lo indescriptible. Se dirigieron al gobierno de La Rioja para informar sobre su hallazgo. El gobierno puso a disposición de los investigadores equipo humano y técnico adecuado.
Sin embargo, cuando llegaron al lugar de la escalera, solo se veían tres escalones; el resto estaba oculto tras un muro de piedra que cubría la entrada por completo. Rodearon el cerro y se dirigieron a la otra entrada, encontrando la misma sorpresa. Hasta el día de hoy, distintos investigadores se han acercado al lugar, pero el muro continúa impenetrable e inexpugnable.

El poeta con mente de futuro Paul Éluard dijo: “Hay otros mundos, pero están en este”. El mundo subterráneo ya no es una quimera, sino casi una realidad. Seres venidos de las estrellas habitaron la superficie del planeta; cataclismos y fenómenos telúricos los obligaron a construir un mundo subterráneo a imagen y semejanza del que habitaban en el exterior. Pero ello no hubiera sido posible sin el hecho de que conocían lo que nosotros aún negamos: la Tierra es una esfera hueca.
“Hay otros mundos, pero están en este” —Paul Éluard
Conclusión
Redactor: La revisión de estos eventos, aunque carece de validación mediante evidencia física directa contemporánea, sustenta la hipótesis de la Tierra hueca y la coexistencia de “otros mundos” dentro de la geografía terrestre. Estos relatos, desde una perspectiva fenomenológica, apuntan a la posibilidad de que fenómenos cataclísmicos históricos hayan precipitado la migración de civilizaciones hacia el interior del planeta, desarrollando tecnologías adaptativas que desafían la comprensión científica actual. Numerosos relatos del pasado sobre la desaparición de pueblos enteros podrían ser la clave para este misterio.
La frase atribuida a Paul Éluard, “Hay otros mundos, pero están en este”, sintetiza la premisa central de que la realidad terrestre es multidimensional y contiene capas de existencia aún no reveladas.
G∴ C∴
Referencias
- IMÁGENES CREADAS POR IA CON NANO BANANA 2
- ZERPA, FABIO, OVNILOGÍA, Estudio y tratado de los OVNI, LECCIÓN 24, “Realidad de la existencia del mundo subterráneo”. PÁGS. (231-234), BUENOS AIRES, ARGENTINA, PUBLICACIÓN INDEPENDIENTE POR FABIO ZERPA
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