= La sociedad secreta de los libreros =


Hace años, existió una extraña sociedad secreta y anónima conocida por algunos como “los libreros”. Eran tiempos en los que el conocimiento no se consumía en ráfagas de 10 segundos en pantallas del tamaño de una palma, sino que se grababa en el alma. En aquella época el tiempo transcurría más lento y las personas disfrutaban la lectura como un tesoro que hoy en día se ha perdido.

Esta es la historia de “La sociedad secreta de los libreros”, cuyos libros eran sellados con las iniciales S.S.L. en color dorado y desafiaron la superficialidad y banalidad del siglo XX, así como el último hombre que aún sabe reconocer sus secretos.

Los encuadernados

Los encuadernados

Los encuadernados

Nadie los buscaba, pocos los conocían, no había editorial, ni autores, ni datos bibliográficos; por eso dicen que aún sobreviven algunos cuantos.

Eran obras de arte, pastas de tela con colores de tonos extraños, duraderos y que no son comidos por la luz y permanecen perennes, hojas de tonalidad hueso, con textura exquisita al tacto y ese olor único y característico de libro.

Eran cosidos a mano con una destreza que ya no se ve; cada uno era diferente, aunque fuera del mismo estilo, títulos simples sin descripción alguna, ni imágenes o dibujos alusivos a su contenido: FONTANERÍA, RADIOS, APICULTURA, MAGNETISMO, ALBAÑILERÍA, SUEÑOS, etc.

Los conocí cuando tenía 12 años; estaba en sexto grado de primaria. Cerca de mi casa vivía un amigo del barrio con su abuelo de origen marroquí. Todos los niños lo conocíamos como el tío Mohamed.

Mis amigos y yo pasábamos horas en la vieja casa, que era de 2 plantas y estaba construida de madera; olía a humedad y a pegamento. En el antiguo salón, como le llamábamos a una gran biblioteca que había en la parte trasera del inmueble, no había televisión, solo grandes mesas y enormes libreros que abarcaban las dos plantas junto con el sótano; en medio del enorme salón se erigía como una serpiente enrollada una escalera de madera brillante en forma de caracol que recorría las tres plantas y daba acceso a los 3 niveles.

Muchos de nosotros siempre maravillados con viejas historietas, libros extranjeros con dibujos extraordinarios, cuentos ilustrados, enciclopedias, etc. Siempre había algo que ver; al tío Mohamed siempre lo veíamos leyendo con sus viejas gafas o restaurando algún viejo libro en silencio y con una paz que daba tranquilidad.

Un día, mientras observaba al viejo tío cómo con destreza encuadernaba las hojas de un viejo y extraño libro, me miró a los ojos y me dijo: “Este no se lee. Se entra”.

Libros extraños y anónimos

Libros extraños y anónimos

Libros extraños y anónimos

Era un libro sin autor, de pasta de tela color café; tenía como título MADERA en el lomo con letras en mayúscula y en relieve. No había más datos, no había descripción, autor, imagen o dibujo alguno.

El tío me contó que entre 1950 y 1991, en México, Argentina, Chile y España, aparecieron este tipo de libros; eran unos 300 aproximadamente. Según lo que había podido investigar a través de los años, no había registro de ellos y el tío aclaraba que no deberían existir juntos.

Tenían un formato que no he vuelto a ver, tamaño media carta, pero gruesos, de 600 a 1000 páginas cada uno, un papel que parecía viejo por lo amarillento, pero era su tonalidad natural. Esto provocaba un efecto en las letras impresas de un negro penetrante y tipografía extraña; parecían flotar en lugar de estar impresas. Impresos en negro para el texto y, como colores adicionales, el azul, rojo y amarillo para algunas figuras o bandas decorativas.

Pero adentro era otra cosa; como decía el tío Mohamed, no eran libros ordinarios, eran “sistemas” como él los llamaba.

Aquél libro con título “CARPINTERÍA” con año 1950, no empezaba con el clásico introductorio “La madera es…” sino con: “ANTES DE TOCAR LA MADERA, ENTIENDA SUS MIEDOS” luego venía:

  • Página 12, CONOZCA LA MADERA CON SUS DEDOS: Antiguas técnicas para distinguir distintos tipos de maderas con las yemas de los dedos y la mano.
  • Página 40, LA HISTORIA DE LA MADERA POR REGIÓN: Qué árboles se cortan y por qué.
  • Página 83, CÓMO ESCUCHAR LA MADERA SI ESTÁ TENSA: Te enseñaba técnicas para poner la oreja y golpear con el nudillo o las yemas, así como la posición de la oreja con un dibujo.
  • Página 150, 33 ERRORES QUE TE HARÁN PERDER UN DEDO: No eran advertencias. Eran relatos de carpinteros reales, con nombre y fecha. “A Gustavo H. de Ciudad de México le faltan dos falanges porque sostuvo mal la sierra en invierno de 1959. Así sostenía la madera.”
  • Página 246, CÓMO AFILAR UN SERRUCHO CON UNA LIMA DE UÑAS SI NO TIENES OTRA COSA: Técnicas extrañas pero eficientes para solucionar problemas.
  • Página 300: CÓMO CALCULAR SIN REGLA: Te enseñaban a usar tu antebrazo, tu cuarta, tu nudo o tu paso.

Y así un sinfín de temas en los cientos de páginas de principio a fin. Cada capítulo terminaba con “PRUEBA FINAL”. No eran ejercicios, era algo así como: “Salga y repare una silla, un banco o una mesa de su vecino sin que le pague. Observe su cara. Si no queda contento, repita el capítulo”.

Eran libros que no solo daban información. Te enseñaban el oficio.

El tío Mohamed tenía en su haber 56 de ellos que había juntado a lo largo de su vida, en viejas librerías, remates, tianguis, escuelas técnicas que cerraban, etc.

Una vez me dijo una frase que se me quedó grabada para toda la vida: “Yo no los compré”, hijo, “ellos me escogieron”.

La sociedad secreta

La sociedad secreta

La sociedad secreta

Una noche de lluvia en 1995, ya tenía 12 años; mientras esperaba a que pasara la lluvia para ir a casa, el tío me contó:

En 1950, en un café de la Ciudad de México, frente a la Escuela de Ingenieros, se juntaron 9 hombres. No eran escritores. Eran un maestro albañil mixteco que no sabía leer bien, un mecánico de ferrocarril, un relojero judío que huyó de Polonia, un músico emigrado de Italia tras la guerra, una partera de Guerrero, un agrónomo de Argentina, un electricista de la CFE y dos profesores de secundaria de Sudamérica que huían de las dictaduras y que estaban hartos de los libros oficiales.

Estaban encabronados, decían que después de la guerra, el conocimiento se estaba haciendo delgado, inútil, inservible. Que los libros nuevos te decían QUÉ HACER, pero no POR QUÉ ni PARA QUÉ, ni QUÉ PASA SI LO HACES MAL.

Que los libros de las nuevas editoriales veían como negocio el conocimiento, lucraban con la información, alentando al lector a comprar herramientas para solucionar problemas, pero no para entender el problema.

Hicieron un juramento: iban a guardar el conocimiento de verdad antes de que se perdiera. Uno de ellos había soñado con un futuro donde los libros dejaban de existir y eran reemplazados por pequeñas televisiones que te contestaban cualquier pregunta. Ahora entiendo que se refería a los teléfonos móviles, los buscadores e inteligencia artificial del siglo XXI.

Ellos querían conservar “el conocimiento de manos”. El que no se puede googlear hoy en día. Se llamaron a sí mismos “los libreros”. Nadie era más. Su regla tajante: cada libro debía poder enseñarle el oficio completo a alguien que no sabe leer bien, solo con ver los dibujos.

Así, por ejemplo, cada libro debía escribirlo al menos 3 personas de oficios distintos. Por eso el de “ELECTRICIDAD” lo escribió un electricista, una partera (para explicar cómo pasa la corriente como sangre) y un relojero (para explicar la precisión).

Nunca se debía firmar. Si pones tu nombre, entra el ego. Si entra el ego, vendes. Cada libro debía costar lo mismo que un kilo de tortillas. Por eso usaban “papel barato” y los vendían en ferreterías, no en librerías.

Los dejaban arrumbados junto a los clavos. Cuando uno moría, su parte del libro la reescribía otro, pero mantenía su historia de error. Durante 40 años imprimieron en una imprenta vieja en Tacubaya que les prestaba un anarquista.

Tirajes de 500. Los subían a autobuses. Un albañil de Monterrey se llevaba 20 de “PLOMERÍA” y los dejaba en la tlapalería de su compadre. Así. En los 70, el gobierno intentó contratarlos para hacer los libros de la ETI.

Ellos dijeron que no, porque el gobierno quería fotos a color y menos páginas. Decían que el gobierno quería controlar el conocimiento, quería lucrar con los libros, quería adueñarse y manipular la información.

En los 80, las editoriales grandes los copiaron por fuera, pero no por dentro. Hicieron libros bonitos, con pasta brillante, pero vacíos. En 1991, murió el relojero, que era el último que sabía componer la máquina de impresión. Y el hijo del anarquista vendió el local para hacer departamentos.

Ahí se acabó. Nunca nadie supo quiénes eran. Porque nunca quisieron que se supiera. Solo quedaron los viejos libros, obras de arte, joyas olvidadas en viejos sótanos, librerías viejas, bibliotecas antiguas o algunos talleres o escuelas de oficios.

El recuerdo

El recuerdo

El recuerdo

Aprendí el oficio de TÉCNICO EN RADIO con el libro titulado RADIO y terminé estudiando la Ingeniería en Electrónica en el Politécnico Nacional, gracias a ese libro que aún conservo como una reliquia en mi casa. Lo he leído más de 50 veces desde que el tío me lo regaló a los 16 años.

El tío Mohamed murió en 2010. Me dejó su colección de 55 libros. Intenté prestarlos.

  • A mi primo, que quería ser mecánico. Abrió “MOTORES DIESEL 1968” y a la página 20 lo cerró. “Está muy largo, primo. Mejor veo un video en Internet.”
  • A un maestro de la preparatoria. Me dijo: “Esto no está en el programa”.
  • A una editorial en 2015. Me contestaron: “Muy interesante, pero ¿podríamos hacerlo más corto, con infografías y QRs?”
  • A un autor reconocido. Me dijo: “Podemos hacer una colección de 50 tomos de este libro” y venderlo seccionado”.

No entienden. El formato especial no era la pasta dura ni las cuatro tintas. Era la lentitud. Te obligaba a quedarte 40 páginas en cómo afilar bien antes de dejarte cortar. Hoy todos quieren cortar sin afilar.

Tengo 45 años. Soy el único en mi colonia que todavía sabe que si tu refrigerador hace “clic-clic” cada 3 minutos, no es el motor. Es el relay PTC que se puede abrir con una uña, como dice la página 412 de “REFRIGERACIÓN 1971”.

La semana pasada encontré uno nuevo. En un mercado de pulgas en Xalapa. No lo tenía. “HERRERÍA ARTÍSTICA 1959”. Pasta naranja. Sin autor. Lo abrí.

  • Página 8: DIBUJO DE UNA MANO QUEMADA. Abajo: “A Martín R. de Zitácuaro le explotó la fragua en 1957 por no secar el carbón húmedo. Su esposa lo cuenta así…”
  • Página 20: DIBUJO DE UN DEDO MUTILADO. Abajo: “A Perla M. de Xalapa, se cortó un dedo con la sierra eléctrica en 1960 por poner el disco al revés”.

Se me salieron unas lágrimas. Todavía hay algunos por ahí. En cajas. En talleres viejos. Debajo de herramientas.

La gente los guarda no por el libro, sino porque la pasta dura sirve para calzar una mesa.

Si ves uno, con de tela a un color, sin autor y con el título seco en mayúsculas en el lomo, cómpralo. No lo leas rápido. Entra en él. Y si en alguna página ves una nota a mano que dice “Esto lo escribió don Tacho, albañil, no sabía escribir bien, pero sabía cuándo la mezcla está triste”… Sabrás muy bien que hacer…

Fecha: 26-08-2026 / 03:33
Ilustración: Generada por Nano Banana 2 IA
Autor: G∴ C∴

= Acerca del autor =

De día soy Maestro en Redes y Telecomunicaciones, Ingeniero en Sistemas Computacionales y Desarrollador Frontend e Investigador de Fenómenos Forteanos por la noche. 🧑🏻‍💻👾👽🛸
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