= Los barcos que nos debes mirar =


Guillermo tenía 19 años y las manos llenas de ampollas nuevas. Acababa de heredar el barco pesquero de su tío Ernesto: “El Espanto”, una embarcación de mediadas proporciones que servía de sustento principal para el viejo oficio que su tío practicaba la pesca, pintado de color azul desteñido y en algunas partes oxidado por el paso de los años, y una maquinaria que parecía toser al empujar a la vieja embarcación. Era agosto, y en el puerto de Alvarado una localidad dedicada principalmente a la pesca del Estado de Veracruz en México, el calor pegaba a las 6 de la mañana como si el sol odiara a los madrugadores.

Su tío habia fallecido de un infarto jalando una red. No tenía familia y había dedicado su vida al mar. Lo encontraron flotando a dos millas de la costa, con los ojos abiertos mirando al cielo. —“Se lo llevó el mar porque ya le debía muchas”—, dijo el viejo Benigno en el velorio. Benigno tenía 81 años, 60 de ellos en el agua. Cara de cuero curtido, barba blanca como espuma de ola, y unos ojos grises que parecían haber visto el fondo del mar.

Guillermo no sabía nada. Era de la capital, estudiaba ingeniería y del mar solo conocía la playa y los pocos conocimientos que había aprendido a lo largo de su vida. Pero la embarcación era lo único que le dejó el tío, y la deuda de la casa era grande. Así que bajó a la costa a a “intentar una temporada”.

La primera semana fue un desastre. Se perdió dos veces. Rompió una red con un tronco. Volvió con tres pargos e insolación y que así quema el motor. La segunda semana, Benigno se le acercó en el muelle. Olía a cigarro, alcohol, diesel y a sal.

—“Muchacho, si te vas a morir, que no sea por pendejo”, —le dijo.— “Mañana a las 4 de la mañana te espero aquí. Te enseño por dónde entra la sierra. Y te cuento por qué tu tío no cerraba los ojos cuando lo sacaron”.

Así pues a la mañana siguiente Guillermo se presentó en el muelle donde benigno ya lo esperaba y zarparon antes de la alba. Benigno no hablaba mucho. Solo señalaba: —“Ahí donde se junta el agua verde con la azul, ahí mero”. “Cuando las gaviotas vuelan así, en círculo, es porque abajo viene cardumen”. —Le enseñó a leer el viento en la piel, a oler la tormenta 6 horas antes de que el celular la anunciara.

Al tercer día, ya de regreso, con la hielera medio llena, el cielo se puso raro. Eran las 11 am y el sol estaba en lo alto, pero una mancha negra creció en el horizonte norte. No era nube. Era como si alguien hubiera apagado la luz del cielo con un interruptor.

—“Puta madre”, —dijo Benigno, y apagó el motor.— “Guillermo, escúchame bien. Esto no es un chubasco. Esto es “El Llamador”.

El viento murió. De golpe. El mar se puso como vidrio negro del color al aceite espeso. La marea seso y los pelícanos que volaban junto a la embarcación cayeron al agua como si les hubieran disparado. No graznaron. Nada. El silencio era tan cabrón que Guillermo oía su propia sangre en los oídos.

—“¿Qué chingados hacemos?”, —susurró Guillermo.

—“Lo que te voy a decir ahora te va a salvar la vida, y más importante, el alma”, —dijo Benigno, sin quitarle los ojos a la mancha. —“En este mar, desde que nuestros antiguos ancestros navegaban en balsas de carrizo, hay cosas que suben cuando “El Llamador” toca el agua. Cosas que no se murieron bien”.

—“Hay barcos, Guillermo. Barcos que se perdieron con toda la tripulación. Barcos de piratas, de perleros, de narcos, de balseros. El mar no los devuelve. Los guarda. Y cuando hay tormenta sin viento, cuando el cielo se hace noche a mediodía, ‘ellos salen a buscar’”.

—“¿Buscar qué?”

—“Tripulación nueva”.

Benigno le contó de “El Catrín”. Un galeón español del siglo XVIII que se hundió con oro yaqui. Dicen que aparece con las velas rotas, pero navegando sin viento. Si lo ves directo a los ojos de su mascarón de proa, una mujer con cara de calavera, te da la fiebre. Te baja del barco en tres días, soñando que te ahogas.

Le contó de “La Camaronera Negra”. Un barco de Guaymas que se perdió en el 85 con 12 hombres. Aparece lleno de luz adentro, como si siguieran trabajando. Se pone al lado tuyo, en silencio. Si oyes que te gritan tu nombre desde la cubierta, y contestas… al día siguiente amaneces en tu cama, pero escupiendo agua salada por una semana. Y a la semana, te vas. Caminando solo hasta la orilla. Y te metes.

—“Tu tío Ernesto lo vio”, —dijo Benigno.— “Hace 10 años. Me lo contó borracho. Se le puso al lado. Un barco viejo, de madera, sin una luz, pero lo veías perfecto aunque no había luna. Dijo que oyó a su hermano, que murió de niño, hablándole desde la borda. Tu tío hizo bien: se tiró al fondo de la lancha, boca abajo, y se tapó los oídos con cera de vela. No vio. No oyó. Por eso duró 10 años más. Pero el mar no olvida que le dijiste que no. Por eso cuando le tocó, le dejó los ojos abiertos. Para que lo último que viera fuera el cielo real”.

El agua empezó a hervir alrededor de “El espanto”. No borbotones. Hervía en frío. Como si algo gigante respirara abajo. Y luego lo oyeron. Un crujido. Madera vieja, mojada, quejándose. Mástiles que no deberían existir.

—“Al suelo, muchacho. Ya”, —ordenó Benigno.— “Boca abajo. Manos en los oídos. Cierra los ojos como si te debieran dinero. Y no los abras aunque sientas que te respiran en la nuca. No abras los ojos aunque el barco se mueva. No abras los ojos aunque me oigas gritar tu nombre. Porque no voy a ser yo”.

Guillermo cagado de miedo se tiró. El piso le quemaba. Olía a mar podrido, a madera de 300 años, a óxido y a una cosa dulce, como a flores muertas. La embarcación se ladeó. Algo muy grande pasó a babor, a un metro. No hizo olas. Era como si el otro barco no pesara. Guillermo sintió un frío que le bajó por la columna. Y luego, voces. Muchas. Murmurando. Rezos en español antiguo y latín. Llantos de niño. Y una voz de mujer, clarita, justo arriba de él: —“Guillermo… ¿me ayudas a subir el ancla?”

Era la voz de su mamá. Su mamá que estaba viva, en Xalapa, a 100 km. La oyó tan real que el cuerpo se le quiso levantar solo. Apretó los dientes hasta que le dolieron. Sintió la mano de Benigno agarrándole la muñeca. Fuerte. —“No”, —susurró el viejo.— “No es ella”.

Duró una eternidad. O 3 minutos. Guillermo no supo. Solo supo que de pronto, el olor se fue. El frío se fue. Y el silencio… el silencio se hizo absoluto. Más que antes. Un silencio que dolía en los tímpanos. Ni el mar se oía. Ni su corazón.

Benigno le soltó la muñeca. —“Ya pasó”.

Guillermo abrió los ojos. El cielo estaba azul. Sin una nube. El sol pegaba de nuevo. El mar, planchado, pero normal. Azul. Como si nada. A 50 metros, un pelícano se sacudía las alas y volvía a volar.

Benigno se sentó, prendió un cigarro con manos que no le temblaban. Le temblaban a Guillermo.

—“¿Se fue?”, —preguntó Guillermo, con la voz de niño.

—“Se fue. No te quiso. O no le gustaste. A veces pasan de largo. A veces no”.

Volvieron a muelle en silencio. Guillermo vomitó dos veces por la borda. No de miedo. De la tensión cuando se soltó.

Esa noche, en la cantina del muelle, Guillermo le quiso invitar una caguama a Benigno. El viejo negó.

—“Yo no tomo desde que vi “La Camaronera Negra” en el ’92. El alcohol te afloja el alma, muchacho. Y en el mar, el alma tiene que estar amarrada”.

Guillermo pescó 3 temporadas más. Nunca más le tocó “El Llamador”. Pero cada que veía una mancha en el cielo a mediodía, se acercaba a la costa.

Benigno murió dos años después. Dormido. En su hamaca. Con los ojos cerrados. —“Se fue en paz porque ya había pagado su cuota de no mirar”, —dijo el panteonero.

Ahora Guillermo tiene 40 años y una flota de 3 camaroneros. Los morros nuevos que trabajan para él se ríen cuando les cuenta. —“Puras historias de viejos, patrón”. —Él no se enoja.

—“Y si un día el cielo se pone negro a las 11 de la mañana, y el viento se muere, y el mar hierve frío… ya saben qué hacer. Se tiran boca abajo. No miren. No contesten. Porque si lo hacen, el mar los deja con los ojos abiertos. Y créanme, muchachos… lo último que quieren ver antes de morir, es el mascarón de “El Catrín” sonriéndoles”.

Los morros guardan en sus recuerdos las indicaciones que Guillermo les da el primer día. Por si acaso. Porque en el puerto de Alvarado, el mar es azul casi siempre. Pero cuando se pone negro sin avisar, más vale tener al viejo Benigno en la memoria. Y las manos en los oídos.

Fecha: 20-06-2026 / 03:33
Ilustración: Generada por Nano Banana 2 AI
Autor: G∴ C∴

= Acerca del autor =

De día soy Maestro en Redes y Telecomunicaciones, Ingeniero en Sistemas Computacionales y Desarrollador Frontend e Investigador de Fenómenos Forteanos por la noche. 🧑🏻‍💻👾👽🛸
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