Era un día soleado cuando Guillermo se preparó para una caminata con sus cuatro amigos: Luis, Juan, Abrham y Lander. Habían estado planeando esta excursión durante semanas y finalmente habían decidido el Cofre de Perote; el bosque era perfecto para pasar un fin de semana al aire libre.
Después de horas de caminata, llegaron a un claro y se detuvieron a descansar. El lugar era idílico: árboles frutales cargados de frutas jugosas, un lago cristalino lleno de peces que nadaban perezosamente y una cascada que caía con un murmullo suave.
Mientras disfrutaban del paisaje, un anciano que parecía haber estado allí todo el tiempo se acercó a ellos. Tenía una mirada sabia y una sonrisa enigmática.
—Disfruten del lugar, pero no se lleven nada —les advirtió—. Aquí todo tiene un precio.
Guillermo y sus amigos se miraron entre sí, incrédulos. ¿Qué podría pasar si se llevaban una fruta o una flor? Pero el anciano insistió:
—Les digo que no lo hagan. No es solo por el lugar, es por respeto.
Guillermo, Luis y Juan decidieron hacer caso al anciano, pero Juan y Abraham se rieron y dijeron que no creían en supersticiones. Juan arrancó unas flores hermosas que crecían en la orilla del lago y Alejandro se llevó unos frutos de un árbol cercano.
Después de pasar el día cazando y disfrutando del lugar, decidieron regresar. Sin embargo, al emprender el camino de vuelta, se dieron cuenta de que estaban perdidos. El bosque parecía haberse transformado en un espacio desolado y podrido. Los árboles estaban secos y muertos, y el aire estaba lleno de un hedor a descomposición.
—Esto no es posible —dijo Guillermo, alarmado—. ¿Qué hemos hecho?
Luis recordó las palabras del anciano y se dio cuenta de que la culpa era de Juan y Lander.
—Tenemos que devolver lo que nos llevamos —dijo Luis.
Juan y Abraham se negaron al principio, pero la situación se estaba volviendo cada vez más aterradora. Finalmente, accedieron a devolver las flores y los frutos. Después de lo que parecieron horas de caminar en círculos, vieron una luz en la distancia. Era el claro donde habían conocido al anciano.
Al acercarse, vieron que el bosque había vuelto a su estado natural. Los árboles estaban verdes y frondosos, y el lago brillaba bajo el sol. El anciano estaba sentado en una roca, sonriendo.
—Bien hecho —dijo—. Aprender a respetar es el primer paso para sobrevivir en este mundo.
Y con eso, desapareció. Guillermo y sus amigos se miraron entre sí, aliviados y agradecidos. Sabían que habían aprendido una lección valiosa que nunca olvidarían. Desde ese día, siempre tuvieron cuidado de respetar la naturaleza y a aquellos que les advertían de los peligros del bosque.
Fecha: 10-03-2026 / 03:33
Ilustración: Generada por Gemini AI
Autor: Guillermo Camarena ∴
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