El caso de Salvador Villanueva

El caso de Salvador Villanueva
  • Fecha Entre el 17 y el 20 de agosto de 1953.

    Hora Hora: 18:00.

    Testigo Sr. Salvador Villanueva Medina.

    Ubicación Cerca de Ciudad Valles, San Luis Potosí, México.

    Descripción del incidente Salvador Villanueva, un taxista de 47 años, fue contratado por una pareja de turistas texanos para llevarlos desde Ciudad de México hasta Laredo, Texas. Tras recorrer con éxito unas sesenta millas en Buick modelo 72, y justo después de pasar Ciudad Valles, San Luis Potosí, en el kilómetro 484, surgieron ruidos espantosos provenientes de la caja de cambios y el automóvil se detuvo en seco.

    La inspección reveló una fuga de aceite en el diferencial y pronto quedó claro que el coche no podría seguir avanzando, al menos no esa noche. Los texanos, no sé qué, ya quisieron quedar ahí y decidieron buscar ayuda.

    Salvador se quedó solo con el auto y comenzó a solucionar el problema por su cuenta: levantó el vehículo con un gato y se metió debajo. La tarde estaba terminando cuando de repente escuchó pasos sobre la tierra; al principio no le dio demasiada importancia porque estaba más concentrado en salir de aquel lugar solitario cuanto antes, así que siguió trabajando.

    Cuando los pasos estaban cada vez más cerca, Salvador salió de debajo del auto y se percató de que tenía compañía. Justo delante de su nariz había dos pares de pies. Los pies y las piernas —lo que alcanzaba a ver desde su posición tumbada— parecían normales. Se encontró frente a un hombre que inmediatamente le llamó la atención; era muy bajo, de alrededor de un metro treinta y siete centímetros (cuatro pies y seis pulgadas), con una complexión delgada y una piel tan clara que después la compararía con el marfil, tenía el cabello rubio platinado bastante largo y unos ojos verdes que resaltaban.

    Su ropa también resultaba difícil de identificar; llevaba una especie de traje enterizo gris oscuro parecido a la pana sin costuras, que le quedaba ajustado al cuerpo; en la cintura tenía puesto un cinturón ancho perforado, donde había pequeños puntos luminosos. Bajo uno de los brazos sostenía un casco metálico ovalado parecido a los usados por algunos pilotos. Llevaba un collar metálico en el cuello y, en la nuca, unas pequeñas cajas negras y brillantes.

    Ahora bien, en México hay muchas personas de baja estatura; muchos campesinos no superan el metro treinta y siete, por lo que Villanueva no se alarmó en exceso.

    Representación del extraño visitante.

    Representación del extraño visitante.

    El desconocido se acercó y le habló en perfecto español:

    —¿Tiene algún problema?
    —Sí —respondió Salvador—, se me ha roto la transmisión, por lo que veo.

    El hombre que se dirigió a él sonrió con simpatía y habló de un par de cosas triviales. Le preguntó a Villanueva un poco sobre sí mismo y parecía bastante amable. El conductor, sin embargo, notó que aquel hombre tenía un acento peculiar, como si fuera encadenando las palabras.

    Difícilmente parecía alguien que estuviese simplemente de paso; Salvador terminó preguntándole:

    —¿Eres aviador?
    —Sí —respondió

    Y señaló hacia una elevación cercana; su vehículo, según explicó, estaba estacionado por aquella zona. Salvador asumió que hablaba de algún tipo de avión.

    Después de intercambiar unas palabras, el hombre se despidió y caminó en dirección a la colina. Salvador volvió a su auto; la aparición le había resultado extraña, pero tenía un problema mucho más importante: el auto seguía averiado y sus pasajeros todavía estaban buscando ayuda.

    Unos minutos después pasaron dos policías en moto, vieron el auto junto a la carretera y, en lugar de ofrecer la ayuda, solo le pidieron que apartara un poco más el auto del camino. Salvador consiguió moverlo hacia un costado y, caída la noche, decidió dormir dentro mientras esperaba que regresaran sus pasajeros con ayuda.

    Ya habían pasado varias horas y aún faltaba un poco para el amanecer cuando unos golpes contra la ventanilla lo despertaron. El hombre abrió los ojos y reconoció al ser de la noche anterior; esta vez no estaba solo, venía acompañado. El segundo individuo tenía prácticamente el mismo aspecto; también era bajito y delgado, de piel muy clara y llevaba una ropa similar.

    Salvador abrió la puerta y los invitó a entrar, y así, en plena madrugada, los tres terminaron conversando dentro del auto a un lado de la carretera.

    Uno de ellos hablaba bastante; su acompañante no decía nada, pero de vez en cuando sonreía o hacía gestos que sugerían que entendía lo que se decía, así que Salvador preguntó:

    —¿Su amigo no habla mexicano?
    —No, pero es capaz de entenderle.

    Salvador todavía trataba de averiguar quiénes eran cuando ocurrió algo que terminó de convencerlo de que estaba frente a unos individuos bastante extraños. Mientras intentaba cerrar una de las puertas, rozó accidentalmente a uno de ellos; en ese preciso momento sintió una descarga eléctrica que le recorrió el brazo y durante unos instantes apenas pudo moverlo. Si bien el efecto pasó rápido, le pareció demasiado raro y le vinieron a la mente más preguntas. Quería saber quiénes eran, de dónde habían salido y qué clase de aparato tenían estacionado en medio de aquella zona.

    Continuaron la conversación:

    —¿Son aviadores?
    —Sí, lo somos.
    —¿Está su avión cerca de aquí?
    —No muy lejos.
    —¿De dónde vienen, si se puede saber?
    —Venimos de Venus. —Y sonrieron.

    Cuando aquellos hombres comenzaron a describir su planeta, Salvador escuchó una historia extraordinaria y hablaron de una civilización muy avanzada que había organizado la vida de una manera completamente distinta a la terrestre, según ellos las grandes ciudades venusinas están conectadas por sistemas de transporte que permitían moverse rápidamente entre distintos sectores, muchas calles tenían plataformas móviles y una parte importante de la agricultura se integraba directamente dentro de los centros urbanos.

    Salvador empezó a preguntar cómo funcionaba una sociedad así. Los visitantes le explicaron que su tecnología había permitido reducir enormemente la cantidad de trabajo necesario para mantener a la población: una persona dedicada apenas un par de horas al día a sus tareas y después podía disponer libremente del resto de su tiempo; el dinero había dejado de usarse y las necesidades básicas están cubiertas para todos.

    También le contaron que Venus había atravesado épocas de conflictos, pero con el tiempo sus habitantes habían logrado organizarse como una sola civilización; las antiguas divisiones territoriales habían perdido sentido, y la administración general quedaba en manos de un consejo.

    El taxista escuchaba todo aquello desde el asiento de su auto y, durante buena parte de la charla, siguió sospechando que podía tratarse de una broma bastante elaborada. La conversación se extendió hasta que empezó a amanecer; Villanueva estaba sumido en una gran confusión.

    El viaje

    Fue entonces cuando los visitantes le dijeron que debían marcharse; luego le propusieron mostrarle su nave. Villanueva, aún incrédulo, aceptó, tal vez pensando que finalmente le dirían que todo era una broma, y salieron del auto.

    Comenzaron a caminar hacia la elevación que el primer hombre había señalado solo unas horas antes. Ellos le abrieron camino a través de la maleza, cruzando un terreno bastante pantanoso durante cerca de medio kilómetro. En ciertos sectores el terreno estaba lleno de lodo y ahí Salvador observó un detalle que después recordaría.

    Los hombres que iban delante —y abrió los ojos de par en par— no se hundían en absoluto. Cuando sus pies, enfundados en gris, tocaban las pozas de barro, este se apartaba de ellos como si fuera repelido por una fuerza invisible. Parecía que nada de suciedad entraba en contacto con ellos y permanecían impolutos, a pesar de que sus propias botas ya estaban cubiertas de barro.

    Vaciló. Los hombres de delante se volvieron y le sonrieron, animándole. Así pues, armándose de valor, los siguió a través de la maleza empapada por la lluvia. Sus pies le fascinaban. ¿Qué fuerza increíble les permitía caminar sobre pozas de barro sin mancharse? ¿Y qué…? —Sintió miedo de nuevo—. ¿Qué fuerza extraña hacía que sus cinturones perforados brillaran con luz propia cada vez que esto sucedía?

    Continuaron caminando; de repente, llegaron a una especie de claro. Allí estaba. Salvador vio una estructura metálica de aproximadamente 12 metros de diámetro; era una gran nave reluciente, distinta a todo lo que aquel sencillo mexicano había visto jamás.

    Era achatada y con una forma parecida a dos platos colocados uno contra otro; en la parte superior presentaba una cúpula poco profunda provista de ventanillas, un OVNI clásico en toda regla. El objeto descansaba sobre tres grandes esferas metálicas gigantes o bolas de aterrizaje. Al acercarse, un leve zumbido emanó del interior de la nave y una sección del casco inferior se abrió hacia afuera, de modo que la cara interna del panel formó una escalinata de acceso y los cables de sujeción se convirtieron en pasamanos.

    Los dos hombres subieron los pocos peldaños y se detuvieron en la parte superior para volverse y mirar a su compañero terrenal.

    —¿Le gustaría entrar con nosotros? —le invitaron.

    Los visitantes comenzaron a subir y Salvador fue detrás. Adentro encontró una cabina bastante diferente de cualquier aeronave que conociera; había instrumentos distribuidos alrededor de los asientos y superficies que parecían funcionar como controles, aunque él apenas podía entender qué hacía cada cosa.

    Se acomodó mientras los dos hombres preparaban el vehículo; por algún motivo no tenía ningún tipo de miedo sobre toda la situación. En algún momento, las zonas transparentes comenzaron a cambiar de aspecto; el hombre las describiría como una especie de arcoíris que iba adquiriendo una densidad extraña, y fue ahí que sintió que la nave empezó a moverse.

    Sintió un balanceo suave y después se inició el ascenso; el hombre miró hacia abajo y vio cómo la carretera se alejaba rápidamente. Su auto se veía chico, hasta parecer un juguete abandonado junto al camino.

    Siguieron subiendo hasta que apareció otro objeto mucho más grande. La pequeña nave se aproximó y terminó acoplándose a esa estructura; en el interior encontró más tripulantes y espacios bastante más amplios. La cantidad de instrumentos también era mayor y algunos sectores permitían observar lo que ocurría en el exterior.

    Los tripulantes le ofrecieron algo de comer y Salvador aceptó la comida; tenía una consistencia bastante uniforme, pero cada porción parecía tener un sabor diferente. Algo que le llamó especialmente la atención, más adelante descubriría de qué estaba hecha, los venusinos procesaban frutas cultivadas en sus ciudades junto con productos obtenidos de enormes peces, ambas materias eran transformadas hasta perder su olor y su sabor original y después se combinaban en el laboratorios para producir los alimentos que consumían diariamente, el hombre se sorprendió bastante cuando se lo explicaron porque mientras comía jamás hubiese reconocido ni el sabor de la fruta ni del pescado.

    Después empezó a sentir sueño y se quedó dormido; cuando despertó, descubrió que alguien lo había vestido con un uniforme parecido al de sus anfitriones y lo condujeron hasta una zona de mando donde pudo observar distintas pantallas. En una de ellas apareció el planeta hacia el que se estaban acercando.

    En venus

    Según el relato de Venus, el hombre dijo que todo había ocurrido con una rapidez difícil de entender; la nave empezó a descender y poco a poco apareció un paisaje completamente distinto al que hoy asociamos con ese planeta.

    Salvador habló de un mundo habitable con grandes extensiones urbanizadas y zonas donde la vegetación convivía con construcciones enormes. Al avanzar por la ciudad, reconoció varias cosas que los visitantes le habían explicado dentro del auto; las plataformas móviles, por ejemplo, realmente formaban parte de las calles; las personas subían a ellas y podían desplazarse por diferentes sectores sin necesidad de usar vehículos individuales.

    El hombre también contó que los venusinos le mostraron antiguos medios de transporte de su planeta; eran enormes vehículos con forma de esfera que se desplazaban por canales aprovechando la inercia; incluso le hicieron una demostración con un modelo pequeño.

    La agricultura también estaba integrada dentro de la ciudad y Salvador encontró especies que jamás había visto. Algunos árboles tenían muy pocas hojas y producían frutos enormes, mientras que en otras áreas circulaba una sustancia parecida al lodo que los habitantes usaban dentro de sus procesos agrícolas.

    En otro de sus recorrido, Salvador fue llevado a una especie de cine venusino; la sala tenía una enorme pantalla circular que rodeaba a los espectadores y las imágenes se proyectaban con tal realismo que, según él, por momentos costaba creer que seguía dentro de un edificio.

    Durante los días siguientes fue entendiendo mejor cómo funcionaba aquella sociedad; la enorme automatización permitía que la gente dedicara poco tiempo a las tareas necesarias para mantener la ciudad y usar el resto del día en estudiar, investigar o simplemente vivir. Aquello había impresionado especialmente al hombre porque contrastaba totalmente con la vida que conocía en la Tierra. Para los venusinos, el desarrollo tecnológico parecía tener un objetivo muy concreto: hacer que la gente dependiera cada vez menos del trabajo cotidiano.

    Durante uno de esos recorridos también presenció una escena que le mostró otro aspecto bastante particular de esa sociedad: al salir de uno de los edificios, vio a dos venusinos retirar de una butaca a una persona que parecía estar muerta y llevarla hasta una abertura construida en la pared.

    Salvador pensó que estaba presenciando alguna especie de entierro y, al preguntar qué estaban haciendo sus acompañantes, le explicaron que en Venus no existían los cementerios; cuando alguien moría, el cuerpo era llevado hasta uno de los aparatos desintegradores instalados en todos los edificios.

    Obviamente, a Salvador se le ocurrió una pregunta bastante lógica: ¿qué pasaba si se equivocaban y esa persona todavía estaba viva? Según le explicaron, el aparato podía detectarlo y en ese caso simplemente no funcionaba; incluso aseguraban que algunas personas que habían sido dadas por muertas habían terminado saliendo nuevamente, porque en realidad todavía conservaban signos de vida.

    Las propias camas contaban con un sistema parecido; si alguien permanecía demasiado tiempo sin moverse, se activaba una alarma para que fueran a comprobar qué había pasado, pero entre todas las cosas extrañas que encontró en Venus, una que directamente no esperaba encontrarse era con gente de la Tierra.

    Durante aquellos días, Salvador también conoció a dos hombres que, para su sorpresa, eran hermanos gemelos, hijos de padre francés y madre española, aunque se habían criado en un territorio francés y hablaban únicamente ese idioma. Salvador tampoco podía conversar directamente con ellos, así que sus acompañantes tuvieron que hacer de intérpretes; ellos llevaban más de 5 años viviendo en Venus, según le contaron.

    Originalmente habían llegado de visita y con el tiempo decidieron quedarse; ambos habían combatido durante la Segunda Guerra Mundial y, después de conocer aquella sociedad, consideraron bastante absurda la idea de volver a la forma de vida que habían dejado atrás. Salvador decía que verlos junto a los venusinos resultaba casi cómico; los gemelos tenían una estatura normal para un terrestre, pero al lado de aquellos habitantes mucho más pequeños, ellos parecían enormes.

    Además con los años les había crecido bastante pelo en el cuerpo y usaban una crema que ellos mismos habían preparado para mantener la cara afeitada, tampoco se habían adaptado del todas las costumbres locales, se negaban a usar la misma ropa que los venusinos y preferían andar apenas con pantalones cortos, y había un detalle todavía más curioso, después de más de cinco años allí, seguían sin hablar el idioma de Venus, en lugar de aprenderlo habían conseguido que buena parte de la gente con la que convivían aprendieran francés.

    El regreso

    Villanueva permaneció alrededor de 5 días en aquel planeta; todavía seguía recorriendo la ciudad con sus acompañantes cuando recibieron un aviso importante: tenían que regresar a la nave.

    Tomaron uno de aquellos vehículos esféricos y volvieron hasta el edificio donde los esperaba el aparato que los había llevado hasta Venus; una vez a bordo, comieron y poco después los mismos sillones en los que estaban sentados se transformaron en camas.

    El hombre se acostó y volvió a caer en uno de esos sueños profundos que ya había experimentado durante el viaje. Cuando despertó, encontró algo bastante extraño: otra vez llevaba puesta su propia ropa. La misma con la que había salido de la tierra; sus anfitriones le explicaron que lo habían cambiado mientras dormía y que incluso habían aprovechado ese momento para llevar a cabo algunos estudios sobre su organismo.

    A Salvador aquello no le hizo demasiada gracia y empezó a sospechar que en la comida podían estar agregándole alguna sustancia para hacerlo dormir con tanta facilidad.

    Cuando el hombre terminó de despertarse, comprendió que algo había cambiado; ya no estaba en Venus. Durante el tiempo que había permanecido dormido, la nave nodriza había iniciado el viaje de regreso y ya se encontraba otra vez cerca de la Tierra.

    Poco después, los dos jefes de la tripulación se acercaron para despedirlo y lo acompañaron hasta la pequeña nave con la que completarían el último tramo.

    Salvador volvió a entrar junto a los mismos dos hombres que apenas unos días antes habían aparecido frente a su auto averiado.

    La pequeña nave se separó de la nave nodriza y comenzó a descender. El paisaje terrestre volvió a hacerse reconocible; primero aparecieron grandes extensiones de terreno y después la carretera. Finalmente, pudo distinguir el lugar donde había quedado varado varios días antes.

    La nave descendió cerca del mismo punto y se posó nuevamente sobre el terreno. El hombre bajó y, antes de alejarse, todavía tuvo tiempo de despedirse. Después de todo lo que había vivido con ellos, volvía a quedar exactamente donde había empezado la historia, solo y al costado de una carretera.

    El cielo empezaba a aclarar cuando la nave volvió a elevarse. Salvador la siguió con la mirada mientras ganaba altura y se alejaba en dirección al sol hasta que finalmente desapareció.

    Entonces se percató y prestó atención al lugar donde el aparato había estado apoyado; ahí encontró una marca circular y parte de la vegetación parecía afectada. Tiempo después volvió al lugar acompañado por varias personas; entre ellas había un ingeniero militar estadounidense, un profesor de matemáticas y un fotógrafo de prensa llamado Salvador Gutiérrez.

    Con la ayuda de las indicaciones de Villanueva, lograron localizar nuevamente el punto exacto donde decía que había estado la nave y el ingeniero realizó una serie de mediciones sobre el terreno. Lo que más llamó la atención fue que había pasado alrededor de un año y medio, y parte de la vegetación seguía mostrando los efectos de aquel supuesto aterrizaje.

    Durante esa visita recogieron muestras del terreno de dos lugares: una dentro de la huella y otra fuera de ella, para poder compararlas. Villanueva aseguró que después fueron enviados a laboratorios de Philips y que el análisis encontró una diferencia molecular muy marcada entre ambas.

    Actualización 21-09-2026

    Por G∴ C∴

    – – –

    REFERENCIAS

    • The APRO Bulletin 4/55 y Desmond Leslie Flying Saucer Review.

    = Acerca del autor =

    Desarrollador front-end de día e investigador de fenómenos forteanos de noche. 🧑🏻‍💻👾👽🛸
    Previo El demonio negro

    = Publicaciones relacionadas =

    No puedes copiar el contenido del sitio.